El orgullo, causa y agravante del pecado

La palabra “orgullo” trae a nuestra mente una serie de nociones y términos relacionados ampliamente utilizados en el lenguaje cotidiano de todo ser humano medianamente culto, tales como: arrogancia, vanidad, petulancia, prepotencia, soberbia, altivez, excesiva auto estima, pagado de sí mismo, etc.

La abundancia de palabras y expresiones para referirse a un mismo asunto es un síntoma de que nadie en absoluto es ajeno o inmune al orgullo. Podría decirse que es la “marca de fábrica” de nuestra naturaleza caída. Y por supuesto, de ningún modo escapamos a su influencia quienes nos atrevemos a escribir acerca de él. Sin embargo, el orgullo se esconde tan bien en nuestros puntos ciegos que es muy fácil ubicarlo en otras personas y al mismo tiempo muy difícil de encontrarlo en nosotros mismos.

Por eso, no sería extraño que el Señor Jesucristo tuviera en mente el orgullo de manera especial cuando en el Sermón del Monte, en Mateo 7:3, nos advierte para que saquemos primero la viga de nuestro propio ojo que no logramos detectar antes de pretender sacar la paja del ojo ajeno que nos parece tan evidente. Nuestros desbalances al respecto le dan la razón a Malcolm Forbes cuando dijo: “Muchísimas personas sobreestiman lo que no son y subestiman lo que son”. Algo que sucede inadvertidamente, sin que seamos conscientes de ello, luchando a diario con pensamientos engañosos acerca de nosotros mismos que nos impiden aceptar lo que en realidad somos y que, al afectar y distorsionar nuestra auto percepción, terminan afectando también nuestras relaciones interpersonales.

photo-1428767801247-e664cd9e0df0Comentando la anterior reflexión de Malcolm Forbes en su libro Creer y Comprender mi esposo, el pastor y escritor Arturo Rojas afirma: “Tanto el orgullo como la baja autoestima son formas equivocadas y distorsionadas de concebir nuestro sentido de valor personal”. Distorsiones que proceden de nuestra inclinación a establecer nuestro valor comparándonos con los demás. Se confirma así la sabiduría de ese conocido poema titulado “Desiderata”, que nos advierte que si nos andamos comparando con los demás nos volveremos vanos o amargados. Es así como el orgullo, pecado de comparación por excelencia, fácilmente da lugar a otros males como la amargura, la vanidad y la baja autoestima, entre otros.

Conductas que definen a un orgulloso

Cuando el orgullo aparece en nuestras vidas se convierte en un tirano que todo lo contamina y pervierte al punto de cegarnos, engañarnos y convertirnos en sus esclavos, desatando en nuestro interior verdaderos conflictos o guerras campales que afectan seriamente nuestra mente y nuestra tranquilidad de espíritu. Conflictos que se manifiestan de muchas maneras, entre las cuales se destacan las relacionadas por el Dr. Neil Anderson en su libro Rompiendo las Cadenas al hacer una especie de inventario de las más representativas de ellas que incluyen:

  • Tener un mayor deseo de hacer nuestra voluntad que la voluntad de Dios.
  • Depender más de nuestras propias fuerzas y recursos que de los de Dios.
  • Pensar con frecuencia que nuestras ideas y opiniones son mejores que las de otros.
  • Tener más interés en controlar a los demás que en desarrollar el autocontrol.
  • Tener la tendencia a pensar que no tenemos necesidades.
  • Considerarnos más importantes a nosotros mismos(as) que a los demás.
  • Tener mucha dificultad para confesar que nos equivocamos.
  • Tener la tendencia a agradar más a las personas que a agradar a Dios.
  • Preocuparnos de más en recibir el crédito que merecemos.
  • Sentirnos obligados(as) a obtener el reconocimiento que acompañan los títulos y las posiciones.
  • Pensar de manera habitual que somos más humildes que otros.
  • Vivir pendientes de las apariencias y creer que somos de una clase superior a los demás.
  • Estar convencidos de ser no sólo necesarios, sino imprescindibles debido a que nuestras virtudes, cualidades, familias, o bienes, son mejores que los de los demás.
  • No aceptar sugerencias para poder mejorar en algo porque proceden de un tercero a quien no consideramos de nuestra estatura.

Identificando y venciendo el orgullo

La forma más probada para identificar el orgullo manteniéndolo sometido y en niveles manejables y tolerables es atender la recomendación del apóstol Pedro: humíllense, pues, bajo la poderosa mano de Dios, para que él los exalte a su debido tiempo. (1 Pedro 5:6). Definitivamente, depender consciente y resueltamente de Dios es la única manera para superar de manera satisfactoria estas actitudes y pecados en nuestras vidas, entendiendo que nuestro sentido de valor propio procede del hecho de que el Padre Celestial nos consideró especiales al punto de no escatimar ni la vida de su propio Hijo para redimirnos, con todo lo que ello implica, como lo declara Romanos 8:32 El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros ¿cómo no habrá de darnos generosamente, junto con él todas las cosas?

Tomás de Kempis dijo en su libro clásico La imitación de Cristo que no somos más porque nos alaben ni menos porque nos vituperen, sino que lo que somos, eso somos finalmente. No son, entonces, los demás quienes determinan nuestro sentido de valor propio, sino Dios ante cuya grandeza no nos queda más remedio que postrarnos contritos y humillados, condición requerida para poder cultivar la humildad que combate por igual tanto el orgullo como la baja autoestima, recordando las palabras del Señor en el sentido que la vida de una persona no depende de la abundancia de sus bienes (Lucas 12:15), o en otras palabras, que nuestro sentido de valor propio no depende de nuestra tarjeta de crédito, nuestro carro, nuestra casa o nuestra posición social.

Ni siquiera de nuestro grado de espiritualidad, de nuestra apariencia física o de nuestra personalidad. Porque sin perjuicio de todo lo anterior, nuestro sentido de valor propio está por encima de todo esto.

Porque al final todo se reduce a lo dicho por el teólogo y mártir de la fe alemán Dietrich Bonhoeffer en su poema “¿Quién soy yo?”, que cierra así: ¿Quién soy? ¿Éste o aquel? ¿Seré hoy éste, mañana otro? ¿Seré los dos a la vez? Ante los hombres, un hipócrita, Y ante mí mismo, un despreciable y quejumbroso débil? ¿O bien, lo que aún queda en mi se asemeja al ejército batido que se retira desordenado ante la victoria que creía segura? ¿Quién soy? Las preguntas solitarias se burlan de mí. Sea quien sea, tú me conoces, tuyo soy, ¡Oh, Dios!

Por: Deisy Guzmán de Rojas, periodista de la Universidad de La Sabana.
Revista Hechos y Crónicas | Jueves, 03 Marzo 2016 

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