Devocional 25-09-16

El 6 de mayo de 1937, ocurrió uno de los desastres aéreos más grandes del siglo 20.

Un dirigible construido en Alemania llamado “Hindenburg” logró cruzar con éxito el océano Atlántico con 97 personas a bordo. Pero justo cuando conseguirían amarrar la enorme nave de 245 metros de largo (tres veces más largo que un avión Airbus A380), una pequeña llama de fuego se encendió en la cola y terminó por destruir la bestia aérea en menos de 40 segundos.

Recordemos que un dirigible se sostiene en el aire gracias a una enorme cantidad de hidrogeno o helio (gases inflamables), controlado dentro de un globo. En las cantidades apropiadas, pueden ser suficientes para elevar una estructura metálica. Eso sumado a una hélice, un motor y un timón, formaban un extravagante medio aéreo de transporte.

Pero el fatal final del Hindenburg a pocos metros del suelo, hizo que nadie con sentido común quiera subirse otra vez a un aparato similar.

Es increíble pensar cómo una portentosa máquina pudo ser destruida en tan solo 40 segundos. ¿Pueden existir cosas tan grandes pero a la vez tan frágiles que pueden ser destruidas en un parpadeo?

Pensemos un poco: matrimonio de varios años colapsando por un instante de pasión e infidelidad, ministerios prometedores echados por la borda por un pequeño antojo de pecado, una aparente e inofensiva dosis de droga eliminando un futuro universitario, un segundo de ira delante de tu hijo para marcarlo toda la vida, etc.

Aunque parezca difícil de asimilar, existen instantes pequeños que pueden llegar a marcar e incluso a destruir algo o a alguien. Seamos claros, ese instante es tan solo el resultado de un descuido muy anterior a la tragedia.

Los científicos que construyeron el Hindenburg, no se percataron de la electricidad estática que podía cargar la nave por la fricción del aire durante un viaje y que podía ser activada al tocar el suelo. Es más, tanta era la seguridad de los constructores de esos dirigibles que hasta habilitaron un área de fumadores. Lo mismo pasa con cualquier persona, por ejemplo; el adulterio no ocurre de un instante a otro, sino que es el resultado de una mente demasiado distraída acariciando el deseo pecaminoso por mucho tiempo antes de consumar sus intenciones.

Comprender esa realidad nos puede ayudar a tener más cuidado con nuestras vidas y con todo aquello que Dios nos ha permitido tener.

“Así pues, el que cree estar firme, tenga cuidado de no caer.” 1 Corintios 10:12 versión Dios Habla Hoy

Ningún instante de ira o pecado, vale la pena lo suficiente para echar a perder la vida, el ministerio, la familia o cualquier proyecto futuro.

Pero si por alguna razón, ya pasaste por esas circunstancias y aún quieres volver en el tiempo para corregir ese pequeño momento que te ha marcado de por vida. Recuerda, Dios tiene el poder de restaurar todo lo que aparentemente esté caído y sin remedio.

“Cuando se corta un árbol, queda aún la esperanza de que retoñe y de que jamás le falten renuevos.” Job 14:7 Versión Dios Habla Hoy

Este artículo fue producido por Radio Cristiana CVCLAVOZ.

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Devocional septiembre

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