Devocional 25-03-16

Imagina que eres un soldado especialmente instruido en labores de rescate. Pasaste mucho tiempo preparándote física y mentalmente, esperando una oportunidad para entrar en acción y poner en práctica tus habilidades.

Por fin llega ese día tan esperado. Un telegrama directamente del general contiene órdenes para que prepares tus cosas y te embarques de inmediato a un país del medio oriente. Un avión te recogerá del cuartel y te dejará lo más cerca posible de la base donde tienen unos prisioneros que debes liberar.

Una vez en el lugar, con todas las habilidades que aprendiste, logras internarte en la base, pasas la primera y la segunda guardia con tanta destreza que ni las torres de control pudieron detectarte. Parece que todo está saliendo bien.

Una vez dentro de las instalaciones enemigas, logras golpear a los guardias de la puerta y encuentras a los prisioneros. Todos están pálidos y asustados, pero los animas sacándote el pasamontañas y mostrando el escudo en tu solapa. Abres la puerta y con voz baja les pides que te sigan, te das la vuelta sacando tu fusil y avanzas unos cuantos pasos, cuando de repente te das cuenta que nadie te está siguiendo. Los prisioneros siguen tirados en el piso, encadenados a sus grilletes sin poder moverse.

Nuevamente te presentas por tu nombre completo y agregas que viniste para salvarlos, pero ellos siguen estáticos. Uno de ellos quiere seguirte, pero sus cadenas no se lo permiten. Pero tú sigues insistiendo en tu misión y que viniste para ayudarlos, pero parece que ninguno quiere moverse del lugar donde está.

¿Qué es lo que está pasando?

Los prisioneros, están encadenados y no importa que todas las puertas estén abiertas y que todos los soldados enemigos se hayan ido. Ellos simplemente no pueden moverse porque están encadenados.

Esta misma es la condición de las personas que no conocen a Dios. En una misión de rescate, cuando llevamos el evangelio, no es que ellos no quieran recibir la salvación en sus corazones, lo que sucede es que no pueden hacerlo.

El pecado ha hecho que sean prisioneros espirituales y aunque reconocen la necesidad que tienen de Jesús en sus vidas, las cadenas que los atan son demasiado fuertes como para que puedan romperlas con sus propias fuerzas.

En el intento de rescatar a un rehén podríamos enviar al soldado más hábil de todos. A un hombre cuyos estudios teológicos sean los más destacados y que sea distinguido por el dominio que tiene de la escritura, pero sin el poder de Dios de su parte, el fracaso en la misión es lo más seguro.

Como soldados del reino tenemos instrucciones precisas.

Mateo 28:19 “Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo” Versión Reina-Valera 1960

¿Qué prisioneros puedes ver alrededor tuyo?, ¿Tus papás, hermanos, hijos, tu esposo o esposa, un tío, alguno de tus abuelitos, vecinos, compañeros, amigos, etc? No dejes de predicar y orar incansablemente por ellos.

Recuerda que un rescate efectivo, no sólo significa llegar a los que están presos, sino también romper sus cadenas de esclavitud.

Este artículo fue producido por Radio Cristiana CVCLAVOZ.

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Devocional marzo

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