Devocional 07-04-16

Aunque no se tiene ningún antecedente de la aparición de Egipto, muchos historiadores concuerdan en que empezó todo con el establecimiento de algunas familias a orillas del rio Nilo.

Se cree que en un tiempo todo lo que ahora es un desierto era un lugar fértil, pero el cambio drástico en aquella tierra y en el clima, hizo que muchas personas migraran en distintas direcciones y algunas llegaron a orillas de los ríos para aprovechar sus aguas.

El oficio principal en esos momentos era la agricultura y la crianza de ganado, que en un principio sólo era destinada a favorecer a la misma familia. Con el tiempo se fueron perfeccionando las técnicas de cultivo y ganadería, atrayendo a más personas para comprar alimentos y, la gran mayoría, para solicitar trabajo.

Los egipcios observaron que había algunas semillas que crecían mejor con un riego mesurado pero constante y otras tenían que estar inundadas de agua.

Las leyendas de los egipcios atribuían la técnica del sembrado del grano de arroz a un hombre que fue tomado como loco, y casi es sometido a torturas hasta morir, debido a que tomaba las semillas y las arrojaba al Nilo.

Sin duda esa acción a simple vista parece un desperdicio, pero la semilla podía crecer tranquilamente estando todo el tiempo inundada de agua, la marea constante empujando las semillas a la orilla evitaba que se pierda y cuando la marea bajaba, dejaba extensiones inmensas de lodo que guardaban en su interior granos de arroz que continuaban aprovechando la humedad.

Eclesiastés 11:1 dice: “Echa tu pan al agua; después de algún tiempo lo encontraras.” Versión Dios Habla Hoy.

La técnica egipcia para sembrar arroz parece bastante descabellada, pero la palabra de Dios en el versículo mencionado lo parece mucho más aún. Cuando el pan se mantiene en remojo por mucho tiempo éste se disuelve y no existe manera de volverlo a recuperar.

Pero, ¿por qué era tan descabellada la idea de la siembra echando semillas al mar?

Porque los sembradores dejaban de tener el control. Los egipcios habían desarrollado un sistema social que le permitía ejercer dominio y como estaban en un lugar tan desértico, tenían celo de cuidar cada detalle en cuanto a la siembra y la crianza de ganado, para evitar pérdidas.

Esa misma sensación es la que tenemos cuando Dios nos pide algo como echar nuestro pan al mar. Dejar de tener el control sobre las cosas que nos rodean es algo muy difícil.

Pero cuando nosotros somos los que dominamos, nos estamos sentando en el trono que le corresponde a Dios, entonces evitamos que Él pueda trabajar libremente.

¿Qué es lo que aún no has entregado? Familia, hermanos, hijos, economía, estudios, trabajo, la novia o novio que tienes, los sueños futuros, los planes que hiciste, problemas, enfermedades, etc.

Deja de tratar de controlarlo todo y entrégalo en las manos de Dios.

Este artículo fue producido por Radio Cristiana CVCLAVOZ.

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Devocional Abril

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