Devocional 02-06-17

Uno de los personajes sanguinarios más conocidos de la historia de la humanidad, es el emperador Romano Nerón. Aunque la mayoría de los historiadores dicen que sus inicios en el trono fueron tranquilos, en algún momento perdió completamente la cabeza al asesinar a su hermanastro y a su madre por considerarlos una amenaza para su reinado.

Poco a poco su poder y autoridad fueron creciendo por las perversiones que cometía. Tácito, un historiador y senador romano dijo: “la ciudad estaba llena de cadáveres”, refiriéndose a la gran cantidad de hombres asesinados sólo por ser considerados enemigos del imperio. Constantemente organizaba banquetes que culminaban en orgías para satisfacer sus apetitos carnales, en un viaje a Grecia se enamoró de un joven con quien contrajo matrimonio vistiéndolo de mujer. Llegó a un punto en el que se proclamaba a sí mismo como un dios, buscando que le rindan culto y tratando de perpetuar su nombre. Mandó a hacer un sinfín de esculturas, canciones y pinturas para homenajearlo. Incluso trató de cambiar el nombre del mes de Abril a Neroniano y el nombre de Roma a Nerópolis.

A todo esto podemos sumarle el afamado incendio a la capital Romana por órdenes suyas, pero al ser confrontado por el senado, Nerón decidió usar a los cristianos como chivo expiatorio; es decir, los culpó de ese y muchos otros crímenes. En ese momento comenzó una feroz persecución a todo aquel que profesaba el nombre de Jesús y predicaba el evangelio.

Paralelamente, mientras Nerón cometía todo tipo de aberraciones, se estaba desarrollando el ministerio del Apóstol Pablo. Un insigne hombre de Dios que dejó plantadas varias iglesias en sus viajes misioneros e instruyó a hombres de confianza para que continúen la obra que había comenzado.

En sus cartas, más allá de las múltiples recomendaciones sobre convivencia dentro de la iglesia, orden del liderazgo, explicación sobre dones y servicio, y amonestaciones por algunas prácticas aparatadas de la sanidad, el mensaje de Pablo era el sacrificio de Jesús en la Cruz del Calvario. Desde su conversión (Hechos 9), hasta la segunda epístola a Timoteo (considerada su última carta), todos su ministerios siempre estaban centrados en Jesús.

Nunca se distrajo demasiado en ningún tema sin culminar mencionando la gracia de Dios demostrada por medio del sacrificio de Jesús. De hecho, Filipenses 3:8 dice:

“Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús…” Versión Reina-Valera 1960

Hoy en día, Pablo es uno de los hombres más respetados en la historia de la fe cristiana. Por otro lado, Nerón es considerado uno de los peores emperadores Romanos, sus intentos de hacerse como dios fallaron rotundamente y no consiguió perpetuar su nombre.

Esto es lo que sucede cuando uno busca satisfacer caprichosamente sus propios intereses y sus deseos egoístas. Es verdad que no podemos compararnos a los niveles monstruosos de Nerón o a la grandeza del trabajo misionero que hizo Pablo, pero Dios en su sabiduría nos ha puesto en el lugar exacto para que elijamos a quién queremos dar gloria: a Él o a nosotros mismos.

Mateo 23:12 dice: “Porque el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.” Versión Reina-Valera 1960

Este artículo fue producido por Radio Cristiana CVCLAVOZ.

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Abril-2017

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